#Opinión – El poder del silencio – por @RealAleGarcia

El silencio, desde tiempos inmemorables, ha sido objeto de grandes valoraciones que no pierden vigencia. Filósofos, dramaturgos e integrantes del clero le han dedicado ríos de tinta y a uno de los más célebres personajes de la historia, William Shakespeare llegó a atribuírsele la cita “Es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras”.

Hoy, como en diversos pasajes de nuestra historia, las palabras nos liberan mientras el silencio impone su densa condena. Cierto estoy de que -en ocasiones- quien sabe callar, habla mejor pues sin la prudencia, la reflexión y la escucha no se puede abonar a la mejora de la política y mucho menos de su comunicación.

Podemos ser dueños de nuestro silencio, pero es importante el apreciarlo en su justa dimensión, tanto para tener presentes valores especialmente útiles como para no terminar ahogado en la cicuta de nuestras palabras.

El silencio derrota a quienes hacen de la mentira su coartada, a quienes la utilizan para justificar su política y a quienes, al mentir, parece importarles poco que sean justos los que paguen por pecadores.

Además, se impone a esa mentira que cubre, protege y crea toda clase de complicidades. Le hace frente a un discurso vacío, lo expone y lo deja sin solvencia; esta iniciativa exhibe los puntos vulnerables de una falsedad vendida como gran verdad y adquiere un sentido político al reivindicar lo esencial sin pronunciarlo.

Cuando es fruto de una decisión libre, el silencio confronta al status quo con un gesto atronador y denuncia de manera más efectiva que muchas palabras. Callar también es resistir.

En la política y fuera de ella, el silencio comunica. Quienes están en la élite de la clase política lo saben, así que manejan sus tiempos y controlan en la medida de lo posible a quienes en el organigrama aparecen como sus subalternos. Si una pieza del engranaje falla, entonces la cara más visible también lo hace, por eso resulta indispensable que todo funcione de la mejor manera.

Numerosas dinastías, agrupaciones políticas y una larga lista de movimientos sociales cayeron por alguien que se vio envuelto en su propio torbellino de palabras.

Vivimos tiempos inciertos. Por un lado, priva la falta de acuerdos; la confrontación está a la orden del día; parece que el saldo a favor es minúsculo y los roces en distintas esferas solo auguran tiempos complicados.

En tiempos como los actuales, la palabra ha adquirido gran valor. El país está sumamente polarizado, dos bandos se han formado y la insensatez discursiva de una sola persona pueden llegar a romper lo que de a poco se ha ido logrando.

Si la denominada Cuarta Transformación se cae, no será por Andrés Manuel López Obrador; si México Libre, el proyecto de nuevo partido político, cobra verdadera fuerza no será por el ex presidente Felipe Calderón y su esposa sino por quienes forman parte de estos grupos antagónicos.

Serán incautos con cierto grado de conciencia quienes, teniendo la certeza de que jamás van a cargar con el peso de una alcaldía, un escaño legislativo, la gubernatura o la presidencia de la república vean como una minucia hacer de la mentira una práctica habitual al no estar dispuesto a reconocer equivocaciones, ofrecer falsas evidencias para fundamentar su dicho y “palomear” a subordinados obedientes que “pasaron” la prueba de lealtad de la mentira compartida, sin contar el nulo respeto por acuerdos previamente establecidos o documentos signados.

Si se toma en consideración lo anterior, podemos notar el por qué es importante poner en valor el silencio.

En al menos una ocasión -sobre todo al ser niños- lanzamos puños al aire, jugamos al box con nuestra sombra y con el tiempo uno va cayendo en la cuenta de que hacerlo no es más que un ejercicio de agotamiento. Usted puede traer ruidos internos o externos, probablemente sus palabras o las de otro retumban en su cabeza y cree que si hace más ruido ganará la batalla pero no es así porque lo único que logrará será desfondarse en el vacío del rival ausente y esquivo.

En el silencio no hay contragolpes, no hay jabs o ganchos al hígado; tampoco hay curvos, mixtos o combinaciones y por eso es tan fuerte en el contexto de la comunicación política. El silente se enfrenta a sus adversarios con la fuerza nacida del maridaje entre la moralidad y la ética.

Es a través del silencio que pueden resonar las voces de distintos sectores. Cuando se da una suerte de comunión en la sociedad, lo que le haces a uno se lo haces a todos y es al callar y escuchar que finalmente el silencio abraza toda expresión sin pronunciar alguna.

En México Libre, en la Cuarta Transformación o en cualquier otro instituto político serán las y los asesores, asistentes, coordinadores, voceros, secretarios, directores y demás personajes quienes tendrán que caer en la conciencia de que no están saliendo a laborar para ser gobierno sino para enarbolar una bandera y defender un ideal.

Y es que haciendo un buen trabajo desde su trinchera, no podrán tachar, acusar o señalar al intelecto o a su líder por hablan sin escuchar, argumentar con mentiras, medias verdades o palabras vacías. Es honrando acuerdos, privilegiando la empatía y teniendo siempre presente la reciprocidad como los proyectos avanzan verdaderamente.

Hay desconcierto en los ciudadanos, hay desconfianza en las instituciones pues ninguna le ofrece seguridades a las que asirse pero si algo podemos tener por sentado es que no resulta fácil enfrentarse a una sombra.

¿Quién, en los distintos órdenes y/o niveles de gobierno caerá en la conciencia de que es momento de actuar y demostrar que puede con este y otros retos?, ¿Quién será el valiente que devuelva el honor a la palabra y al compromiso suscrito en las urnas al ser elegido?

Quienes claman ser escuchados hoy pueden sentirse representados porque hay por lo menos uno que, en su nombre, alza su voz para representarles; pero también calla, para identificarse con los que nunca son escuchados.

 

Imagen: Bruno Cervera/Unsplash

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